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Mostrando las entradas de julio, 2017

Ma mère

Jacarandas, CDMX, México Querida Agnés: Tus palabras convierten un muro en mar y la mar en madre. Me conmueve pensar que arribaste al sitio donde has escrito La mer , para acompañar a tu madre en los meses previos a su muerte y que desde entonces todos los días te habita, cercana, impregnándote los sueños. Si yo hiciera un tránsito poético semejante al que tú has hecho, arribaría a una jacaranda. ¿Te he contado que en el patio de casa de mis padres hay dos jacarandas? Mis abuelos las plantaron cuando mi madre nació, y siguen ahí, sesenta y tantos años después. El teatro de mi memoria se erige en el espacio que se abre entre esos dos árboles: haciendo ochos en bicicleta entre los troncos; haciendo volar a mis hermanos en un enorme columpio que colgaba de una de las ramas; protegiéndonos todos de los embates del temblor del ochenta y cinco que hacían crujir la casa; escuchando a mi abuelo ensombrecerse días antes de su muerte, cuando en voz bajita y lastimera dijo: ...

La mer

Querido Arturo, No he podido dejar de pensar en tu pared. No he dejado de pensar en tus palabras sobre esta parte de tu cotidiano, estos números que se agregan, la anonimidad, la extrañeza que al repetirse termina creando familiaridad. Pienso en las paredes de nuestra isla: son paredes de piedras viejas, paredes enlucidas con cal, escasas paredes de cemento con graffiti del famoso -al menos en Francia- M. Chat. Paredes de postales. Hay otra pared. Una inmensa, terrible, horizontal. Siempre está. Ahí. Siempre otra. A veces se erige furiosa, otras veces, es la calma de un espejo. Muchos la ven como una puerta, abre mundos: navegan, pescan, le siguen el movimiento.  A mí me encierra, me contiene, me concentra. Me intimida. Muchas veces la ignoro para que me deje en paz. En verano cuando nado casi todos los días, no dejo de pensar que una de sus criaturas me va a agarrar el pie y jalarme hasta el fondo. ¿Sabías que en francés, la madre y la mar son hom...

Lo sencillo, lo difícil...

Carretera al Salvador, Ciudad de Guatemala, Guatemala Queridos: Una de las cotidianeidades que compone mi cotidianidad está hecha de cuartos de hotel, formatos de migración y tránsitos de aeropuerto. Esta semana he agregado tres choferes de taxi anónimos a la lista; he repetido el cuarto 1106, por segunda vez en el mes; y la primera noche que pasé por acá me tocó una almohada tan gruesa que el insomnio se ensañó conmigo. Hace un par de días, mientras me llevan al sitio de trabajo, un muro me salió al paso en el camino. Pero no fue sino hasta el siguiente día cuando realmente lo miré. Es decir, cuando conseguí concretar el impulso de pedirle al chofer que se detuviera un momento en el margen de la carretera para que pudiera yo capturarlo. El que el muro se me haya cruzado la misma mañana en que juntos empezamos a imaginar este ejercicio, le confiere, para mí, un carácter de sincronía: señala no sólo el comienzo simbólico de este...