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Mostrando las entradas con la etiqueta Mère

El hilo de la telaraña

Querido Arturo, Aquí duermo bien. Aunque todo se mueve constantemente alrededor mío -olas, viento, nubes-, la tierra, bajo mis pies, es firme.  Respiro. Hoy, escuché -después de dos años de intentar- el primer movimiento de la sonata Arpeggione de Schubert. Lo escuchaba mi madre en sus últimas semanas de vida, constantemente. Quiso que esta pieza acompañara su cuerpo en la iglesia. Encontré esperanza, caminos inexplorados, enigmas, respuestas. Uno se tarda. Paciencia, paciencia. Los foros de mis seminarios en línea, Arturo, se han transformado en un espacio bello, vivo, conmovedor. Leo testimonios tristes, fuertes, compasión, humor, determinación. Veo crecer un espíritu que tengo ganas de abrazar para darle consuelo.  Diario hemos hablado con amigos, familia, en México. Sus voces cansadas, veladas. Siento electricidad en el aire, manos sudadas. Rabia. Frustración. Tristeza.  ¡Nuestros barrios, amigos, hermanos! Descansen en paz. Des...

Ma mère

Jacarandas, CDMX, México Querida Agnés: Tus palabras convierten un muro en mar y la mar en madre. Me conmueve pensar que arribaste al sitio donde has escrito La mer , para acompañar a tu madre en los meses previos a su muerte y que desde entonces todos los días te habita, cercana, impregnándote los sueños. Si yo hiciera un tránsito poético semejante al que tú has hecho, arribaría a una jacaranda. ¿Te he contado que en el patio de casa de mis padres hay dos jacarandas? Mis abuelos las plantaron cuando mi madre nació, y siguen ahí, sesenta y tantos años después. El teatro de mi memoria se erige en el espacio que se abre entre esos dos árboles: haciendo ochos en bicicleta entre los troncos; haciendo volar a mis hermanos en un enorme columpio que colgaba de una de las ramas; protegiéndonos todos de los embates del temblor del ochenta y cinco que hacían crujir la casa; escuchando a mi abuelo ensombrecerse días antes de su muerte, cuando en voz bajita y lastimera dijo: ...

La mer

Querido Arturo, No he podido dejar de pensar en tu pared. No he dejado de pensar en tus palabras sobre esta parte de tu cotidiano, estos números que se agregan, la anonimidad, la extrañeza que al repetirse termina creando familiaridad. Pienso en las paredes de nuestra isla: son paredes de piedras viejas, paredes enlucidas con cal, escasas paredes de cemento con graffiti del famoso -al menos en Francia- M. Chat. Paredes de postales. Hay otra pared. Una inmensa, terrible, horizontal. Siempre está. Ahí. Siempre otra. A veces se erige furiosa, otras veces, es la calma de un espejo. Muchos la ven como una puerta, abre mundos: navegan, pescan, le siguen el movimiento.  A mí me encierra, me contiene, me concentra. Me intimida. Muchas veces la ignoro para que me deje en paz. En verano cuando nado casi todos los días, no dejo de pensar que una de sus criaturas me va a agarrar el pie y jalarme hasta el fondo. ¿Sabías que en francés, la madre y la mar son hom...