(Playa negra, Andalucía) Aquí estamos en pleno verano, y como ya te contaba el año pasado, la energía del verano es emocionante, inagotable. Tengo la impresión de una larga excursión afuera, apenas unos minutos pasados adentro para lavarnos de la arena y del calor, para descansar, para tomar un café. Hay tanto que hacer para preparar el invierno, proyectos que cerrar, conservas que cocinar, sueños por concretar, encuentros y vitalidad. Aquí es tiempo de suspender este espacio entre la escritura y la imagen. Hemos hecho un gran trabajo, juntos. Esto quedará, traza de esta época de aparente baja intensidad pero de cambios profundos, interiores, físicos, emocionales. Agradezco tu paciencia al esperar mis cartas, tu ojo benevolento, el hilo que se tejió entre nuestros textos y nuestras fotos. Te mando un abrazo.
Adoro las fiestas en mi casa. Disfruto mucho el tiempo de preparación. Se mezcla la angustia del encuentro (¿lloverá?, ¿habrá suficiente alegría? ¿sí vendrán?) a la minuciosa preparación (un mantel, una vela, una flor. Belleza, música, las ganas de verse y compartir. Que la casa esté limpia, harmoniosa. Suficiente chocolate para la sobremesa, fruta, una docena de huevos, por si esto se prolonga tanto que volvamos a tener hambre). Disfruto, aún más que todo, más que la fiesta misma, el tiempo pasado, después, inmediatamente después, a ordenar la casa. Algo de la fiesta, algo de la alegría del encuentro, algo de la magía de las historias que nos contamos, de las risas y las lagrimas, se queda en los objetos. Una manchita de vino tinto. Una taza que se rompió y arreglaremos. Un resto de pastel. Tiro el cenicero lleno. No me disgusta. Es señal de que estabamos tan plenamente presentes que desafiamos la razón. Estabamos tan a gusto juntos que hubieramos podido morir ahí. Repaso cada...