Sacatepéquez, Guatemala Agnés: Me acerco al viejo para pedirle permiso de fotografiarlo. De algún sitio remoto me viene la idea de que hay etnias que aborrecen la cámara, pues piensan que una fotografía puede robarles el alma. El hombre acepta en silencio. Su rostro permanece inmutable. Mientras su mirada se impregna en la mía, me pregunto cómo habrá sido su vida. ¿Cuántos fríos han curtido su piel? ¿Qué vicisitudes guardan sus arrugas? ¿Debajo de cuántas hambres está enterrada su risa de infancia? ¿Qué pensará él de mi? ¿Cómo se explicará mi interés por su imagen? ¿De qué emociones se pueblan las múltiples distancias que nos separan? Termino. Sonrío. Hago una leve seña de gratitud. Me despido. Apenas doy la vuelta para irme, me llama en un español titubeante. Su actitud revela, sin embargo, que está trágicamente habituado a la frase que me lanza: "Señor, son cien quetzal...". Artu...