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Mostrando las entradas de julio, 2018

Querido Arturo,

(Playa negra, Andalucía)     Aquí estamos en pleno verano, y como ya te contaba el año pasado, la energía del verano es emocionante, inagotable. Tengo la impresión de una larga excursión afuera, apenas unos minutos pasados adentro para lavarnos de la arena y del calor, para descansar, para tomar un café. Hay tanto que hacer para preparar el invierno, proyectos que cerrar, conservas que cocinar, sueños por concretar, encuentros y vitalidad. Aquí es tiempo de suspender este espacio entre la escritura y la imagen. Hemos hecho un gran trabajo, juntos. Esto quedará, traza de esta época de aparente baja intensidad pero de cambios profundos, interiores, físicos, emocionales. Agradezco tu paciencia al esperar mis cartas, tu ojo benevolento, el hilo que se tejió entre nuestros textos y nuestras fotos. Te mando un abrazo.

El día después

Adoro las fiestas en mi casa. Disfruto mucho el tiempo de preparación. Se mezcla la angustia del encuentro (¿lloverá?, ¿habrá suficiente alegría? ¿sí vendrán?) a la minuciosa preparación (un mantel, una vela, una flor. Belleza, música, las ganas de verse y compartir. Que la casa esté limpia, harmoniosa. Suficiente chocolate para la sobremesa, fruta, una docena de huevos, por si esto se prolonga tanto que volvamos a tener hambre). Disfruto, aún más que todo, más que la fiesta misma, el tiempo pasado, después, inmediatamente después, a ordenar la casa. Algo de la fiesta, algo de la alegría del encuentro, algo de la magía de las historias que nos contamos, de las risas y las lagrimas, se queda en los objetos. Una manchita de vino tinto. Una taza que se rompió y arreglaremos. Un resto de pastel. Tiro el cenicero lleno. No me disgusta. Es señal de que estabamos tan plenamente presentes que desafiamos la razón. Estabamos tan a gusto juntos que hubieramos podido morir ahí. Repaso cada...

El final, el principio

Restos, Torres del Paine, Chile      Agnés:      Mañana es mi cumpleaños cuarenta y cinco. Quizá sea esta marca arbitraria, o, tal vez, la consabida melancolía cumpeañera, las que me llevan hasta un lugar común: al final, vamos a morir.      Nuestra existencia: esta inexplicable casualidad cósmica, este destello entre oscuridades. Pero una cosa es comprenderlo en abstracto, y otra, es vivenciar el vértigo que entraña esa certeza.      Quizá el sitio donde yo he tenido la intuición más clara de esta precariedad sea la experiencia amorosa: lo imprescindibles que me resultan aquellos a quienes amo; la imperante necesidad de cercanía que experimento; el desgarramiento que he sufrido cuando una separación se ha hecho inevitable.      En el camino he terminado por aceptar que nada puede ser retenido: aquello a lo que nos aferramos corre el riesgo de morir asfixiado. La discontinuidad es necesaria...

La ciudad

Bogotá desde la Calera, Colombia      Agnés:       Este proyecto epistolar está salpicado de tu vida en la isla. Concibo a veces la vida en la isla como una extensión de la vida nómada del viaje. Idealizo la naturaleza, el aire limpio, la vida sencilla y el tiempo para lo que importa. Es imposible no pensar que esa vida está impregnada de libertad.      Confieso, sin embargo, que yo estoy hecho a la vida de la ciudad. Me gusta sentarme en los cafés. Disfruto los parques y los restaurantes. Y los puestos de tacos y quesadillas. Y el mercado. Y los comercios y los cines y el teatro. Me gusta caminar las calles de ciertos barrios, sus casas y sus árboles.      Desde luego sé que la ciudad no vive esta vida mía que disfruto, en buena medida, porque he logrado circunscribirla a un área de treinta calles al cuadrado (¡una isla!). Para la mayoría de la gente, la ciudad es acelerada, caótica, abigarrada, asfixia...

Romance con la pelota

Granada, Nicaragua      Agnés:        Mi infancia no tuvo tanto que ver con dragones, piratas y exploradores. Lo mío fue la radio, la bicicleta, y, sobre todo, la pelota. En medio de la fiebre futbolera del mundial, recién leí la "Carta a mí mismo de pequeño" de Edinson Cavani, delantero de la selección uruguaya. ¿La has leído? En ese texto se respira la misma esencia de la frase de Bachelard con que cerraste tu última carta.      Del futbol lo que más recuerdo son unas cascaritas de mi infancia y adolescencia en la cancha del Timbirimbo. Un campo en un sitio improbable --en medio de un claro de bosque-- en donde, en vez de espectadores, hay enormes árboles.      Mi papá tenía la costumbre de retar a los lugareños a jugar contra nosotros. Jugábamos, cada vez, mi papá, Carla, Carlos, Ernesto y yo contra siete u ocho jóvenes que nos sacaban varios años y centímetros. Los Peón contra el resto del mundo. Aquellos jue...