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Pueblo chico





Querido Arturo,
Ciertos días, quisiera ser invisible otra vez, ser una cara entre otras caras. Caminar con la seguridad de no toparme con nadie.
Crecí en un pueblo chico y adorable, donde no había ni una tiendita. Vivíamos en medio de la nada. Todas las actividades escolares, recreativas y sociales sucedían en una pequeña ciudad, a unos kilómetros. En cuanto pude, odié esta ciudad, burguesa, conformista, inculta. Nada, del mundo con el que yo soñaba, parecía existir ahí. Me veían feo : no me gustaba salir, no me interesaban los novios, ni las tiendas, ni las tardes para cotorrear. Me vestía y caminaba diferente. Yo tenía otro mundo que explorar, quería crear, escribir, conocer artistas, experimentar mis límites, sentir la libertad en todas mis venas. Soñaba con ser directora de cine, escritora, mujer libre. Mis padres me llevaban al cine cuando se presentaban documentales con los directores. Los documentalistas eran viajeros-aventureros-escritores. Saber que la posibilidad de viajar existía me ayudaba a respirar. En cuánto pude escapar, lo hice.
Tantos años después, me vuelvo a encontrar con algo de esta mentalidad. El chisme, el quediran, las historias pequeñas que se convierten en epopeyas.  ¿Será el precio que pagar por vivir en un lugar pequeño ?
Y así me pregunto : ¿Siempre habrá un precio que pagar ? El precio del amor, el precio de la juventud, el precio de la libertad, el precio de la abundancia, el precio de la belleza, el precio de la alegria.
Aquí camino con la certeza de toparme con alguien. Ciertos días, volteo la mirada hacia dentro, sólo veo el cielo, sólo oigo el ruido de las olas. Camino.

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