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Romance con la pelota

Granada, Nicaragua

     Agnés: 

     Mi infancia no tuvo tanto que ver con dragones, piratas y exploradores. Lo mío fue la radio, la bicicleta, y, sobre todo, la pelota. En medio de la fiebre futbolera del mundial, recién leí la "Carta a mí mismo de pequeño" de Edinson Cavani, delantero de la selección uruguaya. ¿La has leído? En ese texto se respira la misma esencia de la frase de Bachelard con que cerraste tu última carta.

     Del futbol lo que más recuerdo son unas cascaritas de mi infancia y adolescencia en la cancha del Timbirimbo. Un campo en un sitio improbable --en medio de un claro de bosque-- en donde, en vez de espectadores, hay enormes árboles.

     Mi papá tenía la costumbre de retar a los lugareños a jugar contra nosotros. Jugábamos, cada vez, mi papá, Carla, Carlos, Ernesto y yo contra siete u ocho jóvenes que nos sacaban varios años y centímetros. Los Peón contra el resto del mundo. Aquellos juegos eran verdaderas hazañas en las que corríamos hasta quedar extenuados. Nos animaba el placer del juego, y también, una especie de orgullo de familia. Quizá este es un dato que mi memoria ha falseado, pero nunca perdimos un partido.

     Al final, mi papá invitaba una ronda de chelas para nuestros contrincantes-nuevos-amigos y una ronda de chescos para nosotros. De regreso recogíamos leña para la fogata y la subíamos en parihuelas, cuesta arriba, hasta la cabaña. Cantábamos todo el trayecto.

     Me identifico con la cálida gratitud que sientes hacia tu madre por haber propiciado para Camilo la experiencia de la isla. Un regalo semejante nos hizo mi papá con aquella experiencia del Timbirimbo. Esos partidos, ese bosque, esos cantos, me acompañan. Constituyen un espacio sagrado de mi espíritu.

Arturo. 


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