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Los recuerdos del porvenir

Capilla de San Felipe de Jesús, Septiembre 1946, México D.F.

Querida Agnés:

     Va adaptándose lentamente a la rutina del retiro. Escucha misa todos los días en la Medalla Milagrosa. Desayuna por cincuenta pesos en El sabor de mi tierra. Estudia cine y literatura autobiográfica en la Universidad de la Tercera Edad y aún dicta cátedra los sábados por la mañana en la Facultad de Ingeniería.

     Hoy me invitó a desayunar. Me contó que recién encontró en una caja, en la bodega de la azotea, los tres números de Los recuerdos del porvenir, el periódico familiar que editó hace más de veinticinco años. Café en mano, leímos juntos sobre el pasado de la familia en Mérida, las haciendas, el negocio de henequén, las nanas mayas, los trajes de lino y las siestas en hamaca. Leimos que los abuelos se conocieron en la fiesta de la prima Eldita; que estuvieron separados meses, cuando sin que el abuelo lo supiera, la bisabuela mandó a su hija a un internado en Nueva Orleans. Leímos que una mujer demente interrumpió la celebración de su boda cuando en plena homilía cantó a viva voz todas las estrofas del himno nacional. Leímos...

     A media lectura le sentí el nudo en la garganta. Sé que una de las cosas que más le pesa con respecto a mi abuelo es no haber logrado concretar su plan de que le contara todas sus historias, grabadora en mano, antes de morir. La nostalgia más honda suele estar ligada a aquello que nunca ocurrió.

     Ahora ha arribado para mi padre el porvenir. Tengo un deseo para su retiro: que tenga la fuerza y la lucidez para reconstruir lagunas narrativas y reparar recuerdos; que por muchos años le alcance el ánimo para labrar su legado de historias. Que yo sepa estar ahí, llegado el momento, grabadora en mano...

Arturo.  

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