Restos, Torres del Paine, Chile
Agnés:
Mañana es mi cumpleaños cuarenta y cinco. Quizá sea esta marca arbitraria, o, tal vez, la consabida melancolía cumpeañera, las que me llevan hasta un lugar común: al final, vamos a morir.
Nuestra existencia: esta inexplicable casualidad cósmica, este destello entre oscuridades. Pero una cosa es comprenderlo en abstracto, y otra, es vivenciar el vértigo que entraña esa certeza.
Quizá el sitio donde yo he tenido la intuición más clara de esta precariedad sea la experiencia amorosa: lo imprescindibles que me resultan aquellos a quienes amo; la imperante necesidad de cercanía que experimento; el desgarramiento que he sufrido cuando una separación se ha hecho inevitable.
En el camino he terminado por aceptar que nada puede ser retenido: aquello a lo que nos aferramos corre el riesgo de morir asfixiado. La discontinuidad es necesaria para que el amor se reproduzca. La creación de lo nuevo precisa la destrucción de lo anterior.
Aún así, me cuesta trabajo abandonarme, sin más, a la sabia mesura del desapego. La conciencia de la brevedad me interpela: aviva en mí una voz que chisporrotea con hambre y desparpajo. Y está bien, pues un día, quién sabe cuándo, vamos a morir.
Arturo.
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