Bogotá desde la Calera, Colombia
Agnés:
Este proyecto epistolar está salpicado de tu vida en la isla. Concibo a veces la vida en la isla como una extensión de la vida nómada del viaje. Idealizo la naturaleza, el aire limpio, la vida sencilla y el tiempo para lo que importa. Es imposible no pensar que esa vida está impregnada de libertad.
Confieso, sin embargo, que yo estoy hecho a la vida de la ciudad. Me gusta sentarme en los cafés. Disfruto los parques y los restaurantes. Y los puestos de tacos y quesadillas. Y el mercado. Y los comercios y los cines y el teatro. Me gusta caminar las calles de ciertos barrios, sus casas y sus árboles.
Desde luego sé que la ciudad no vive esta vida mía que disfruto, en buena medida, porque he logrado circunscribirla a un área de treinta calles al cuadrado (¡una isla!). Para la mayoría de la gente, la ciudad es acelerada, caótica, abigarrada, asfixiante y hostil. Eso lo sé y a veces puedo sentirlo. Por ejemplo, cuando voy al centro de la ciudad suelo experimentar ansiedad. Los ríos de gente me confrontan. Pienso, por ejemplo, en la pesadilla que es el abasto. Cada persona necesita alimento, agua, energía. Mucho. Todos los días. Sin parar. La logística de producción, distribución, consumo y desecho necesarios para atender a esos millones de personas produce vértigo...
Desde aquí arriba la ciudad se ve plácida. Quizá sea el silencio y el viento frío que toca mi piel. Lo cierto es que esta perspectiva permite conmoverse frente a lo pequeños y vulnerables que somos. Estamos a la vera de los elementos. Sentimos miedo. Construimos y vivimos las ciudades para estar juntos y protegernos.
¿Pagamos por esta ´seguridad´ un precio demasiado alto?
Arturo.

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